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Cabo Misterioso..........un cuento de Daniel Molina Carranza

Como todos saben, este blog es un lugar para contadores de historias , de aventuras, de lugares que descubrimos, de leyendas. Aquí entonces , nuestro amigo nos lleva al sur...





Llegaba la niebla. Llegó por Kansas Road, del lado del estacionamiento, y ni siquiera a esa corta distancia difería para nada de cuando la vi por vez primera vez : era blanca y clara, pero no resplandecía. Avanzaba de prisa, y había tapado y a casi por completo el sol, en cuyo lugar se veía una moneda de plata, como una luna llena de invierno que luciese tras un fino velo de nubes. Llegó con perezosa rapidez

Stephen King -LA NIEBLA-



Cabo misterioso


En geografía, un cabo es una lengua de tierra, que se proyecta hacia el interior del mar. Un accidente geográfico similar a una península, con la diferencia que, en esta última, un istmo la une a la tierra firme y el resto está rodeado por el agua. El cabo es algo mucho menor, pero su presencia está fuertemente asociada a la literatura y es fuente de inspiración de pintores y fotógrafos.


El cabo, al tratarse de una prolongación costera en forma de punta, que se adentra en el mar, tiene influencia sobre las corrientes marinas, lo que convierte en peligrosas las aguas que lo rodean, pero constituyen excelentes puntos de referencia para los navegantes, razón por la cual sobre ellos se construían los Faros.

Antiguamente se navegaba cerca de la costa, para evitar peligros. De ahí viene el término que define la navegación costera: cabotaje, ya que la derrota se trazaba siguiendo los cabos que salpican las costas. Hoy con la invención del radar, el GPS y las ayudas radioelectrónicas su importancia no es la misma, pero a todos los navegantes nos da seguridad la presencia de esos Faros, centinelas de los cabos.


Diversas regatas oceánicas a vela usan las referencias de los cabos, por ejemplo, la de “grandes cabos”, nombre que reciben en la derrota de la regata, los tres principales cabos australes de la ruta marítima a través de los mares australes. Cubre el cabo de Buena Esperanza en el sur de África, el cabo Leeuwin, en el extremo meridional de Australia y el cabo de Hornos en el extremo austral de Sudamérica.

En el litoral patagónico, más precisamente en el sureste del Golfo de San Jorge, existen dos cabos que marcan la boca sur del mismo: el Cabo Tres Puntas y el Cabo Blanco. Separados uno del otro por unas seis millas. En esa extensión corre una playa rocosa, y un poco más tierra adentro una salina, la cual entró en explotación a principio de siglo XX, y duró casi treinta años.


La explotación minera fue la base sobre la cual se construyó un pueblo y un ferrocarril para mover la sal desde la salina hasta el cargadero de Cabo Blanco, en la caleta que se forma al pie del faro. De todo eso las únicas señales que quedan en pie son: Un faro de 87 metros de altura construido en 1917, una estación de correo reconstruida hace pocos años, la casa y estación de un telegrafista hoy desocupada, y un cementerio con 11 cruces sin nombre, y por fuera del cementerio una cruz aislada que ni siquiera guarda la verticalidad, como si quisiera marcar la diferencia con las otras tumbas.





Con mis compañeros de viaje: Tato y Juanma, todos jubilados, dueños de nuestros tiempos habíamos planificado desde hacía tiempo, visitar la zona y quedarnos un par de días acampando para poder sentir lo extraño del lugar, y después expresar en un escrito esas sensaciones. No era la primera vez que nos embarcábamos en este tipo de aventura, a los lugares cuya historia nos resultaba interesante.

Así fue que en el verano de 2018 preparamos la camioneta de Juanma, apta para todo terreno, cargamos carpas, víveres y algún arma de fuego, por las dudas, y pusimos rumbo sur a Puerto Deseado, Provincia de Santa Cruz. Esa sería nuestra base desde donde nos moveríamos hasta el Faro. Decidimos no pedir permiso por temor a que no nos lo dieran. Sabíamos que frecuentemente era visitado por personal de Hidrografía Naval y que a unos 30 Km del Faro existe una importante cabaña de explotación ovina de 30000 cabezas lanares y 70000 hectáreas, así que nos verían pasar ( las casas quedan muy cerca de la ruta), y si nos demorábamos mucho vendrían a ver qué pasa. En el sur cuando uno atraviesa campos, piensa que nadie lo ve, pero en realidad siempre estamos siendo observados.


Personalmente había realizado dos viajes cortos al Faro, estudiando y fotografiando lo que me parecía podía ser de interés. También fui acumulando historias de un pueblo fantasma que nació con la explotación de la salina y hasta llegó a tener un ferrocarril propio para mover la sal, de la mina hasta un puerto natural, donde la cargaban por medio de chatas (tipo de embarcación de fondo plano, de poco calado y capaz de admitir mucha carga) a los barcos que se acercaban al fondeadero a buscarla. En ese pueblo de hombres solos, vivió José Font, más conocido como Facón Grande. Un hombre de campo, anarquista de origen litoraleño, que murió fusilado en el Cañadón de la Muerte en 1921, en los hechos de la llamada Patagonia trágica. Pero esa es otra historia.


La fiereza de la tierra y los ladrones hicieron desaparecer las casas, las vías y el ferrocarril. En los años que el pueblo funcionó muchas fueron las historias de crímenes y persecuciones policiales. Lamentablemente nada quedó por escrito, parte por desidia y parte porque la policía local se manejaba peor que los ladrones. En esa época era tierra de nadie y no imperaba más ley que la del más fuerte.


Salimos de Puerto Deseado rumbo al faro al atardecer, a sabiendas de que los torreros que estaban de recorrida estarían regresando a la base en la ciudad. Y así fue; los cruzamos en la ruta casi desértica que atraviesa la agreste meseta patagónica a lo largo de 90 kilómetros. Digo casi desértica porque existe la presencia de fauna local que se entrecruzaba en el trayecto.

La gente de hidrografía nos hizo señales desde la camioneta que conducían, para indicarnos que estaba cerrado el faro hasta el otro día. Pero lo que nosotros queríamos, era pasar un par de noches en la soledad del peñón y tratar de averiguar sobre la leyenda de fantasmas del lugar.


Saludamos desde nuestra camioneta como si no entendiéramos las señales y seguimos viaje, los torreros estaban muy cansados como para perseguirnos y continuaron conduciendo a sus casas. Además de esa manera estarían advertidos de nuestro viaje, por si nos pasaba algo y no podíamos regresar por nuestros medios. Hasta ahí todo impecable.

Como era verano, el sol se pone tarde a causa de la latitud , por eso llegamos con luz al lugar de nuestro destino, pudiendo observar la agreste belleza del lugar. El mar rompiendo contra las piedras del cabo, la caleta que forma un puerto protegido, las colonias de lobos marinos de la zona y las aves marinas que regresan a descansar entre las piedras de la costa. Fuimos recibidos por un perro que se negaba a abandonar el Faro, como si un dueño invisible lo acompañara. Los torreros le dejan comida y agua dulce que escasea en la zona. El buen can se trasformó en nuestra mascota transitoriamente.






Corrimos la cadena que cerraba el acceso a empinada escalera que subía hasta las instalaciones de la base del Faro. Instalaciones que estaban cerradas, pero no abandonadas y decidimos acampar al resguardo de las casas sobre unos 50 metros de altura que es el tope del monte de piedra sobre el cual fueron construidas. Desde ahí veíamos, el cementerio y sus cruces, la casa del telégrafo y el correo. Hacia el Noroeste se veía claramente la salina y la playa, donde existió el pueblo fantasma.


Armada la carpa entre las casas del faro (no quisimos dormir adentro porque no habíamos pedido permiso) cenamos protegidos por las paredes de la edificación que cortaban el viento, y nos pusimos a hablar de la historia del lugar. Juanma que es un historiador aficionado pero muy bueno, empezó con la historia de los primitivos habitantes, las tribus tehuelches, que denominaban al peñón como “Yenkaike”, o Vigía del Mar.

Los nombres de Cabo Blanco y Cabo Tres Puntas, se lo deben a la toponimia magallánica, como muchos de los accidentes costeros de la Patagonia. Hasta la mascota incorporada parecía prestar atención a nuestro improvisado profesor.


Luego Tato relató al primer hecho inquietante. En 1896 en medio de una espesa niebla un transporte inglés, el Columbia, que viajaba cruzando el Golfo San Jorge rumbo sur, a causa de la falta de visibilidad, varó en el banco de arena que se forma entre Cabo Blanco y Cabo Tres Puntas, a poca distancia de la costa. El Capitán viendo la imposibilidad salvar la nave, y debido a que la escora aumentaba considerablemente, como asimismo la inutilidad de las bombas para retirar el agua embarcada, decide abandonarla usando las dos embarcaciones que existían a bordo, una ballenera aparejada con velas y un esquife a remo (embarcación pequeña y sin cubierta que lleva un barco para llegar a tierra o para realizar otros servicios). El capitán junto a nueve tripulantes embarcó en la ballenera y lograron llegar navegando a Puerto Deseado en busca de auxilio.

El esquife debía llegar a la costa más cercana a remo, dado que no estaba a más de 5 cables (medida náutica 1 cable 185,2 metros) de la posición del buque varado en el banco de arena. A bordo del mismo iba el segundo oficial con 5 hombres, víveres y agua como para esperar auxilio, siempre que la ballenera lograra llegar a Puerto Deseado y enviarles gente y caballada para socorrerlos por tierra.

Cuando sintieron el casco del esquife rodar sobre el canto rodado de la playa, saltaron al agua y empujaron la embarcación hacia la costa, la niebla continuaba y no se veía absolutamente nada. Luego la nada.


El Capitán del Columbia William Rhodes con una partida de pocos hombres y caballos suministrados por los vecinos de Deseado (tengamos en cuenta que la población no llegaba a un centenar de personas) llegan a la playa de la salina, donde encuentran el esquife abandonado con los víveres y el agua, pero a ninguno de los tripulantes. Luego de una extensa búsqueda deciden regresar a Puerto Deseado y alertar a Port Stanley (Puerto Argentino) para ser auxiliados y llevados a las Islas.


Por este y varios desastres navales, a principio de siglo el ministerio de Marina Argentino decide la construcción del Faro de Cabo Blanco, el cual se finaliza en 1914 y también la construcción de un sistema de comunicación cablegráfica en la costa patagónica, desde San Antonio oeste hasta Cabo Vírgenes) siendo una de sus estaciones la ubicada frente al Faro. En 1902 empieza la explotación de la salina y el uso de la caleta al pie del faro para cargar la sal en los barcos, al igual que el guano que se explotara en la zona.


Ahora es mi turno de relator y arranco con otra historia de misterios. A principios de 1903 se producen los primeros conflictos laborales y un homicidio, con persecución por parte del comisario Gebhard, despachado de Deseado. Pese a que la persecución se hizo a campo traviesa y no existían muchos lugares para esconderse, a los fugitivos se los llevó la niebla que como un manto cayó sobre el campo ese día. Nunca más se supo de ellos.


Continúo con otro accidente naval: Transcurrían los primeros días de mayo de 1952, cuando una grave noticia llegó a las redacciones de los diarios argentinos. En un viaje desde San Julián a Buenos Aires, en la madrugada del 7 de ese mes, el barco Río Santa Cruz perteneciente a la Flota Mercante del Estado había sufrido un grave accidente a la altura de Cabo Blanco. El barco se prendió fuego luego del estallido de una de las calderas principales de la sala de máquinas. A bordo el transporte llevaba unas chatas de desembarco y tripulantes capacitados para las tareas de carga y descarga en puertos sin muelle como eran los de la Patagonia.


Por lo tanto, cuando estalló la caldera 3 matando a seis maquinistas, el capitán evaluó dar por perdido el barco y mientras enviaba señales de socorro desembarcó, arrió las tres chatas de desembarco para que llegaran al Faro. En ellas embarcó el personal que no era imprescindible para mantener el barco flotando y luchar contra el fuego. Las tres embarcaciones pusieron proa a la caleta navegando en fila. Mientras se acercaban a la costa la niebla fue cubriendo todo y el mar se planchó. A ciegas llegaron dos de las embarcaciones, la tercera se perdió, con tripulantes y todo. Literalmente se la tragó el mar o la niebla, como les guste más.

Ya la atención de mis amigos era absoluta.

Faltaba el peor incidente.

Dos años después de este triste hecho el faro contaba con una dotación de torreros y un escribiente que en la Armada les dicen furriel.

Hombre del norte, creo que salteño de apellido Arancibia. Él era diferente al resto de la dotación por lo cual no se integraba ni para jugar al billar, ni en los campeonatos de ping pong.





Su mayor divertimento era escribir en su máquina Remington y tomarse unos whiskies, mientras miraba el mar desde su escritorio. Nadie pudo adivinar lo que iba a ocurrir.


Una noche de niebla cerrada, lo llamaron a cenar al salteño, pero no aparecía, meta buscarlo y nada. Abren la puerta de acceso a la torre del Faro , suben los noventa escalones hasta llegar a la luminaria.


Cuando llegaron salieron al balcón y no se veía absolutamente nada por la niebla. El suboficial segundo con pasos cortos y tanteando la baranda iba recorriendo el espacio circular de la baranda. De golpe sus manos tocan una cuerda, tira de ella, el peso era enorme, así que lo ayudó el cabo principal que lo acompañaba a tirar de la cuerda. De golpe aterrorizados ven que ahí estaba Arancibia, ahorcado. Miran al tope del Faro y ven la veleta con dando vuelta locamente, aunque no había viento.


A esta altura del relato mis compañeros empezaron con las preguntas que, por supuesto no supe contestar, eso sí, nos pusimos de acuerdo en mantener la tranquilidad esa noche, aunque veíamos acercarse por el mar una densa niebla. Instintivamente acaricié el perro que buscaba el calor a nuestro lado.

En poco tiempo estábamos en nuestras bolsas de dormir, pero el frio nos caló hasta los huesos. Era insoportable y de común acuerdo decidimos levantar el campamento abrir la puerta de la casa principal y dormir adentro.


La puerta no estaba cerrada con llave así que no tuvimos que forzar ni romper nada, entramos al primer salón que era donde estaban los juegos de mesa y una estufa. Afortunadamente era una salamandra a gasoil y el tanque estaba lleno, así que, valiéndonos de nuestras linternas y una caja de fósforos, porque la luz era inexistente al no estar conectado el grupo electrógeno, iniciamos el fuego para poder calentarnos.

Por el ventanal, lo único que veíamos eran nuestros rostros reflejados por el vidrio y la densa niebla exterior. El perro ingresó con nosotros y no experimentaba el miedo que ya se iba apoderando de nosotros.


Encendimos también la cocina económica y acomodamos las bolsas de dormir en el suelo. Al rato estábamos profundamente dormidos. A medianoche Tato se levantó para ir al baño acompañado por el perro, fue en ese momento que escuchó claramente el teclado de la máquina de escribir Remington escribiendo sola.

Nos despertó para que lo acompañáramos al cuarto del furriel que era de donde venía el ruido. El can no daba señales de nada extraño y muy por el contrario movía la cola como si el ruido fuera familiar.

Nosotros despertamos sin entender mucho lo que ocurría, pero fuimos los tres hasta el cuarto, abrimos la puerta y con las linternas iluminamos la máquina de escribí que funcionaba, accionada por dedos invisibles. Sobre la mesa una botella de whisky y un vaso a medio llenar, afuera la niebla espesa.


Nos miramos y sin necesidad de que dijéramos nada, apagamos la salamandra, la cocina económica, levantamos lo que pudimos de nuestras cosas y salimos corriendo de ese lugar. Los 120 escalones de la empinada bajada a la playa los hicimos en tiempo record. Hasta ahí el perro nos acompañó, pero no quiso subir a la camioneta. Parecía divertido con lo que estaba ocurriendo.


Rezamos para que la camioneta arrancara, y a Dios gracias la fiel Subaru de Juanma lo hizo. Afortunadamente la niebla tapaba únicamente la casa del faro, abajo teníamos buena visibilidad, así que con los faroles del vehículo alumbramos la huella y escapamos. El perro que nos había acompañado toda la noche, no quiso venir con nosotros y lo vimos regresar al Faro.

Al tratar de huir nos topamos con el cementerio, debimos retroceder y buscar la huella, nos guiamos por la estafeta postal que pudimos verla porque de su interior emanaba una tenue luz. Lo mismo la casa del telegrafista, no nos quedaba duda que en las noches de niebla todo tomaba vida.


Cuando pasamos frente a la estancia, vimos que se encendían las luces y salió un hombre, al que saludamos conscientes de que no nos iba a ver. Luego se metió adentro y apagó las luces, seguro adivinó que algo había pasado. Llegamos de madrugada a Deseado y decidimos en el viaje no contar nada a nadie, hasta que ordenáramos nuestros pensamientos. Por eso ahora, y por encargo de mis compañeros de aventura escribo esto, y siento aun el miedo a lo desconocido y como nos acercamos a la orilla que separa lo real de lo desconocido.

Un último consejo, visiten la reserva natural de cabo Blanco y el Faro, pero por favor háganlo de día y sin niebla.





https://www.centronaval.org.ar/boletin/BCN854/854-LIBROS.pdf


https://www.patagonia.com.ar/Puerto+Deseado/559_Reserva+Natural+Cabo+Blanco.html


https://www.estudiospatagonicos.com.ar/enlaces



Gracias Daniel!!!! tu cuento fascinante nos da ganas de ir en un día de niebla a ver qué pasa por ahí!!!


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